Ana sintió que algo reptaba hasta su cama y se despertó sobresaltada. Sintió miedo, no
mucho, un miedo leve. El lugar era casi desconocido, apenas llevaba unas horas
internada en la planta de psiquiatría, no le había dado tiempo a familiarizarse con el
sitio, aunque no le era desconocido del todo. Aquel espacio era demasiado sobrio como
para no haberlo asumido ya, en apenas un día.
Había ingresado a media mañana; la tarde previa, lluviosa, le entrevistó el psiquiatra.
Lloró mucho, no por hablar con él, aquel joven con acento chileno; no, en realidad no
recuerda que él abriese la boca y ni le preguntase nada personal. Tuvo la sensación de
que no le prestaba atención, mirando su caro reloj mientras pasaban los minuto sy ella
desgranaba, por primera vez en su vida, entre lágrimas espesas, lo que le pasaba por
dentro.
Lloro por ella, por su cuerpo huesudo de apenas 30 kilos, por sus piernas descarnadas,
por su pelo raído, por sus padres fuera esperando el veredicto; lloró por la infancia
perdida, por sus 15 años sin vida, por su soledad y por su miedo. Y por el frío. El día
anterior, el de la entrevista, había llovido. El día del ingreso lucia el sol, así que Ana
sintió pena y lloró también por su encierro.
El psiquiátrico era un piso, en realidad la mitad de un piso que partía en dos una
puerta de cristales de espejo, en la cuarta planta de la clínica. “ Son buenos, te
curarán”, le gustaría haber escuchado .En su lugar escucho “no me la devuelvan hasta
que la curen” y tras esas palabras, con las que sintió estar conforme, porque estaba
cansada, cansada de ella, y cansada de ellos, cruzó la puerta de cristal espejo, atravesó el
pasillo enmoquetado del que no podría salir. Era menor, sus padres habían decidido por
ella, era lo legal ,le habían ingresado en un psiquiátrico, sin posibilidad de queja, de
grito, de retorno, de llamar, de salir, de vivir.
A Ana le asignaron una habitación doble, de las que pagaba la seguridad social,
compartida. Le tocó la cama del lado de la ventana, la ventana que, no se abría “para
que no os tiréis” le dijeron. Ella no había pensado tirarse, en realidad había pensado en
portarse bien, ser buena,, hacer lo que le ordenara comer todo lo que le mandasen y
salir de allí .
Por eso, cuando esa noche, acostada, sintió algo, un bulto serpenteante que se escurría
bajo su sábanas, no fue capaz de sentir miedo en medio de aquel entorno aséptico,
banco, pulcro y rancio. O quizás la medicación le impedía sentir miedo. Porque si un
ser grande y torpe que sisea se mete en tu cama cuando tienes quince años y estas sola,
has de sentir miedo. Pero no, ni siquiera sintió sorpresa. Por un momento pensó que en
aquel lugar tendría que soportar algo más que las comidas, e igualmente decidió que
callaría. Aquellas pastillas, lo comprobó años más tarde, cuando las vendía para salir de
fiesta, eran de lo menor.
Se incorporó y escucho un run run de mujer, déjame quedarme, no les llames, déjame
dormir contigo, bajo mi cama hay hombres que me persiguen, los de la eta, susurraba la
vez.
Ana se lo pensó por un momento, dejar a la voz de serpiente allí ,parecía inofensiva, en
realidad le daba igual, no le importaba, no le molestaba su presencia, o no, pensó, o
tengo que ser buena, ser obediente, hacer lo correcto, llamar a los cuidadores, a los
guardianes, como en el colegio de monjas, ser la preferida, la niña buena, y esperar un
elogio, si llega, una buena palabra sesgada, una caricia leve de consolación para los
eternos aspirantes al cariño. Su miedo Ana lo pensó unos segundos y pudo más su
miedo de niña, se escurrió entre los brazos que la agarraban. Además había empezado
a tener miedo de esos brazos.
salió al pasillo descalza, y volvió su mirada suplicante hacia el control de enfermería.
No se atrevía a moverse, descalza en medio de aquel pasillo, no conocía las reglas del
juego.
Notó la mirada fastidiada de aquella enfermera morena, y ella, llorosa, pequeña, sólo
acertó a decir hay alguien en mi cama.
De pronto había mucha gente en el pasillo, ella de pie, a un lado.
Alguien entró por la mujer a por la serpiente y se montó alboroto
La mujer serpiente gritaba peleando en su empeño
Llegaron tres hombres de blanco, todo ocurrió muy deprisa delante de sus narices,
estaba confundida, había muchas personas a su alrededor, enfermeras, celadores,
guardianes de blanco tirados en el suelo del pasillo, tres, eso si recuerda, sobre la mujer
serpiente, que culebreaba y se retorcía gritando
Tardaron un rato en ponerle la camisa de fuerza y se la llevaron arrastrándola entre
todos
La mujer era una anciana, Ana pensó si no le estarían haciendo daño, y se iagino que la
encerraban en una habitación sin ventanas, en un sitio al que ella, niña, no quería ir
Seguía de pie apoyada en la pared.
Una enfermera sin mucha delicadeza de mandar a la cama esa fue la primera de
muchas noches.
Ana no es Ana, sólo soy yo.