lunes, 8 de enero de 2024

primer recuerdo

 Ana sintió que algo reptaba hasta su cama y se despertó sobresaltada. Sintió miedo, no

mucho, un miedo leve. El lugar era casi desconocido, apenas llevaba unas horas

internada en la planta de psiquiatría, no le había dado tiempo a familiarizarse con el

sitio, aunque no le era desconocido del todo. Aquel espacio era demasiado sobrio como

para no haberlo asumido ya, en apenas un día.

Había ingresado a media mañana; la tarde previa, lluviosa, le entrevistó el psiquiatra.

Lloró mucho, no por hablar con él, aquel joven con acento chileno; no, en realidad no

recuerda que él abriese la boca y ni le preguntase nada personal. Tuvo la sensación de

que no le prestaba atención, mirando su caro reloj mientras pasaban los minuto sy ella

desgranaba, por primera vez en su vida, entre lágrimas espesas, lo que le pasaba por

dentro.

Lloro por ella, por su cuerpo huesudo de apenas 30 kilos, por sus piernas descarnadas,

por su pelo raído, por sus padres fuera esperando el veredicto; lloró por la infancia

perdida, por sus 15 años sin vida, por su soledad y por su miedo. Y por el frío. El día

anterior, el de la entrevista, había llovido. El día del ingreso lucia el sol, así que Ana

sintió pena y lloró también por su encierro.

El psiquiátrico era un piso, en realidad la mitad de un piso que partía en dos una

puerta de cristales de espejo, en la cuarta planta de la clínica. “ Son buenos, te

curarán”, le gustaría haber escuchado .En su lugar escucho “no me la devuelvan hasta

que la curen” y tras esas palabras, con las que sintió estar conforme, porque estaba

cansada, cansada de ella, y cansada de ellos, cruzó la puerta de cristal espejo, atravesó el

pasillo enmoquetado del que no podría salir. Era menor, sus padres habían decidido por

ella, era lo legal ,le habían ingresado en un psiquiátrico, sin posibilidad de queja, de

grito, de retorno, de llamar, de salir, de vivir.

A Ana le asignaron una habitación doble, de las que pagaba la seguridad social,

compartida. Le tocó la cama del lado de la ventana, la ventana que, no se abría “para

que no os tiréis” le dijeron. Ella no había pensado tirarse, en realidad había pensado en

portarse bien, ser buena,, hacer lo que le ordenara comer todo lo que le mandasen y

salir de allí .

Por eso, cuando esa noche, acostada, sintió algo, un bulto serpenteante que se escurría

bajo su sábanas, no fue capaz de sentir miedo en medio de aquel entorno aséptico,

banco, pulcro y rancio. O quizás la medicación le impedía sentir miedo. Porque si un

ser grande y torpe que sisea se mete en tu cama cuando tienes quince años y estas sola,

has de sentir miedo. Pero no, ni siquiera sintió sorpresa. Por un momento pensó que en

aquel lugar tendría que soportar algo más que las comidas, e igualmente decidió que

callaría. Aquellas pastillas, lo comprobó años más tarde, cuando las vendía para salir de

fiesta, eran de lo menor.

Se incorporó y escucho un run run de mujer, déjame quedarme, no les llames, déjame

dormir contigo, bajo mi cama hay hombres que me persiguen, los de la eta, susurraba la

vez.

Ana se lo pensó por un momento, dejar a la voz de serpiente allí ,parecía inofensiva, en

realidad le daba igual, no le importaba, no le molestaba su presencia, o no, pensó, o

tengo que ser buena, ser obediente, hacer lo correcto, llamar a los cuidadores, a los

guardianes, como en el colegio de monjas, ser la preferida, la niña buena, y esperar un

elogio, si llega, una buena palabra sesgada, una caricia leve de consolación para los

eternos aspirantes al cariño. Su miedo Ana lo pensó unos segundos y pudo más su

miedo de niña, se escurrió entre los brazos que la agarraban. Además había empezado

a tener miedo de esos brazos.


salió al pasillo descalza, y volvió su mirada suplicante hacia el control de enfermería.

No se atrevía a moverse, descalza en medio de aquel pasillo, no conocía las reglas del

juego.

Notó la mirada fastidiada de aquella enfermera morena, y ella, llorosa, pequeña, sólo

acertó a decir hay alguien en mi cama.

De pronto había mucha gente en el pasillo, ella de pie, a un lado.

Alguien entró por la mujer a por la serpiente y se montó alboroto

La mujer serpiente gritaba peleando en su empeño

Llegaron tres hombres de blanco, todo ocurrió muy deprisa delante de sus narices,

estaba confundida, había muchas personas a su alrededor, enfermeras, celadores,

guardianes de blanco tirados en el suelo del pasillo, tres, eso si recuerda, sobre la mujer

serpiente, que culebreaba y se retorcía gritando

Tardaron un rato en ponerle la camisa de fuerza y se la llevaron arrastrándola entre

todos

La mujer era una anciana, Ana pensó si no le estarían haciendo daño, y se iagino que la

encerraban en una habitación sin ventanas, en un sitio al que ella, niña, no quería ir

Seguía de pie apoyada en la pared.

Una enfermera sin mucha delicadeza de mandar a la cama esa fue la primera de

muchas noches.

Ana no es Ana, sólo soy yo.

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