Supongo que los chicos y chicas de mi edad empezaron a salir. Algunos matrimonios que conozco vienen de aquel tiempo. Ese verano fue uno de los peores de mi vida.
Yo estaba muy muy delgada, era una pena verme. La piel se caia a pedazos, el pelo tambien. Ese verano mi padre decidio ir de vacaciones donde siempre, pero cambió la compañía.
De toda la vida teniamos un piso en Salou. Era un piso algo modesto en un sitio normal, donde mucha gente puede tener un piso en la playa. Pero no nos conformábamos con eso, al parecer. Así que cuando yo tenía nueve años mi padre decidió comprar un piso en un sitio bueno, donde están las mejores familias, y dicho y echo, allí nos acomodamos, salvo que las mejores familias no siempre coinciden con la mejor gente. Allí descubrí gente muy buena de la que un día hablará y gente muy mala que no despreciaba, y no se sentaba a nuestro lado en el cine, y que por cierto, con carácter genera, y no me alegro, tuvieron muchas desgracias y muy duras.
Este verano aquella gente tan estirada había empezado a tener problemas económicos, así que mipadre les covenció para alquila su pisito, el segundo, a una familia amiga nuestra. Nuevos ricos. El choque de la familia amiga con el piso fe como el de un elefante que entra en una cacharrería, pero eso es harina de otro costal.
Fueron quince días horribles. Ellos tenían tres hijas, la mayor es de mi edad y la menor de la edad de mi hermano. Nos apuntaron a windsurf. Acostumbrados a Marbella, Salou era puro cutrerío.
Yo era puro hueso. Para entonces ya no quedaba nada de mí. Tenía frío y no me permitía concesiones.
Una de las cosas más horribles de la anorexia es el castigo. Los castigos son los premios. Una mañana hacía frío y madrugamos para ir a windsurf. Al volver pasamos por una pastelería y ellas quisieron unos bollos. Pero yo no podía. No podía darme ese premio porque privarme del premio era el premio. Aguantar.
Los sacrifios, la cuaresma, los mártires.
Ella, la madre, hizo un gesto de hartura.
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