A partir de aquel momento, de forma muy poco apreciable, fui eliminando comida de mi dieta. Lo primero fue eliminar un plato. Eso es fácil, porque comes el primero, y puedes pasar por no comer el segundo.También puedes eliminar el postre, o mejor aún trasladarlo a la merienda, así matas dos pajaros de un tiro. Otra cosa que se puede hacer es eliminar los premios. En realidad, pase a convertir los castigos en premios. Es decir, los premios que eran una alegria para el cuerpo, los dejé pasar. Te das cuenta de que puedes pasar sin el helado del domingo, y ese castigo que reconforta más que el premio del helado. Al principio no era un castigo, era un triunfo. En realidad era como un juego, en el que ganaba cada vez que perdia. Una carrera contra mi misma. Y según avanzaba en este camino, me iba quedando más y más sola. Pronto empece a ir o dejar de ir a los sitios en funcion de la comida. Si habia una reunion, antes de ir valoraba el asunto de la comida que habria. Empezo el racionamiento. O sea, habia ido eliminando todo lo que podia sobrarme y habia reducido la dieta a la minima expresion, una nimiedad perfectamente calculada y medida, que se convirtio en una obligacion, en una regla de vida. No podia comer mas alla de aquello a lo que habia reducido mi vida, y pronto empezo a ser un problema, porque no podia ir a ningun sitio, en este pais hay comidas en casi todas partes. Deje de relacionarme con la gente de mi edad. Me limite a continuar el curso, agarrada a los absurdos preceptos religiosos de unas monjas de otra epoca. Y empece a adelagazar de verdad. Deje de dormir. Ese curso adelgace muchisimo, era increible, de repente, en unos meses, perdi todo.En casa, no tengo claro lo que sucedia. Yo creo, ahora mirando hacia atras, que no se debieron dar cuenta de todo esto hasta que ya fue tarde. Me refiero a que de pronto me miraron y me dieron flaquisimo, delgadisima, puro hueso, y entonces dejaron de llevarme a Pamplona, o quizás, no lo recuerdo, hacia tiempo que ya no iba. Tambien dejaron de darme las pastillas. Un buen dia, entre al comedor y delante de aquellas mesas la monja me quito la pastilla azul. Yo recuerdo rogarle porque mi tiroides...pero era la madre Francisca, la que me enseño a ayunar, asi que sin ninguna delicadeza me desengancho de un porrazo mental, recuerdo sus palabras, mi hermano ( seria el hermano jesuita que se cometaba estaba en la carcel por colaborar con banda armada) tambien tenia el metabolismo lento...mentirosa de monja, alguien, mis padres, debieron hablar con el colegio, y me quitaron las pastillas. Las anfetaminas. De golpe. Mucho mas efectivo que proyecto hombre. Deje de ser drogadizta en treinta segundos. Y decidieron que me vigilarian la comida. Aquello fue un infierno. Tuve que hacer uso de todas mis artimañas y esconder mil bosas de comida.
Y en casa. Bueno pues en casa estaba la rutina, que no cambio. La acelga con cordero, la leche desnatada, en fin.
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